
Su piel, suave, aromática y hermosa a sus ojos, su respiración profunda y agitada.
Sus labios se juntan con los suyos en un beso que siempre espero. Su piel y la suya junta como nunca soñó.
Los besos se desplegaron por todo su cuerpo, recorriendo desde su cuello que aun mantenía el mismo olor que el recordaba, pasando por sus pechos que eran perfectos para el, llegando a su sexo y finalizando en sus suaves piernas.
Cuerpos llenos de pasión, cuerpos capaces de derretir un témpano, se entrelazaban en las sabanas y no querían dejar de ser uno.
Los gemidos de ella se multiplicaban en los oídos de el, movimientos suaves y fuertes hacían que se unieran, en una especie de extraño amor, convirtiendo cada caricia en la ultima, sabiendo que no volverían a estar juntos.
La cabeza de ella en su pecho, el pelo en su cara como si cada uno de sus cabellos intentara asfixiarlo para que ese momento jamás terminara…. Las estrellas y las luces de la cuidad en la habitación y dos cuerpos fundidos por toda la eternidad.

He cometido tantos errores como días tengo de vida, errores que se olvidan, errores que se enmiendan y errores de los cuales uno no puede zafarse ni siquiera si pasara toda una eternidad.
Resulta curioso el amor que el hombre tiene por los metales preciosos, particularmente por el oro, noble metal de color amarillo de un muy cotizado valor desde el principio de los tiempos.

